El hierro de la verja del jardín se había oxidado y resultaba peligroso acercarse a él. Juan lo observó y decidió que había que cambiarlo. Llamó al herrero, que en su tiempo le había hecho las rejas de las ventanas, y le pidió un presupuesto para estudiar el asunto. Mientras lo pensaba, se sirvió un refresco con hielo, porque el calor de aquel húmedo agosto resultaba insoportable.
Volví sobre mis pasos y me dirigí al buzón, pero estaba en lo cierto, no había carta alguna. Subí las escaleras y, al entrar en casa, comprendí donde estaba el problema. María no sabía mi nueva dirección, con lo que no cabía la posibilidad de que me llegaran sus cartas; en realidad, habrían sido devueltas.